
Asoma un brazo por aquella manta con olor a viejo, el calor de aquel colchón le empieza a agobiar; porque si, esta segura que esta vez es el calor del colchón. Su espalda queda al descubierto y sus rizados cabellos oscuros dibujan una cascada de lava oscura. Tan oscura y cálida como la habitación que todavía mantiene la temperatura del amor. La manta le cae pesada sobre su figura de perfil, marcando perfectamente todas y cada una de las curvas de su cuerpo.
El abre la puerta, viene del baño, de asearse. Ella prefiere conservar en la piel el olor a deseo, al menos unas horas. Con paso seguro y vestido tan solo con unos vaqueros desgastados hace sonar un vinilo de Jony Cash mientras se coloca tras ella en la cama. Con esa mezcla de corrección y descaro que le caracteriza, empieza a acariciarla. Ella no se gira, no se mueve, continua mirando incisivamente aquel armario medio abierto y medio vació.
Medio armario en el que bailaban las perchas desnudas con descaro, recordandole que esta de suplente. Sus oscuros ojos seguían penetrando esa mitad, preguntándose exactamente que cacho de ese armario estaría rellenando ella...