lunes 16 de enero de 2012

segunda parte

Y en esas estaba Amancio. Tratando de encontrar su lugar. Con la muerte de su madre su micromundo había muerto también y ese caserón de vigas húmedas ya no albergaba el concepto de hogar que algún día fue. Ya nunca olía a sopa por las tardes de invierno, ni a madera quemada en la chimenea, ni a café con pastas. Aquel refugio del bosque había pasado de ser una cálida cama con blancos y acolchados edredones o un somier hueco que solo recordaba tiempos mejores.

Él era consciente de eso y por ello, sacó fuerzas de flaqueza e intentando acallar el ardor de estomago que le nacía al pensar que nunca volvería a aquellas tierras, vendió la casa. Nunca quiso saber a quién. Sabia que aquello no era un robo, ya que él la estaba poniendo a la venta, sin embargo lo sentía como tal; sentía que al vender su casa vendía con ella, su infancia, sus días felices y sus recuerdos bonitos y tal vez, quien sabe, los de Candela.

Los trámites se hicieron por teléfono y llegó el día en el que el buen hombre de montaña, ataviado con su camisa de felpa y su pantalón de pana, colgó las llaves en la puerta, agarró su maleta de cuero corroído y sin mirar atrás dejó lo que hasta entonces era su mundo a merced de su nuevo dueño.

Amancio cambió de rumbo. Cambió de chip. Sabía que en el pueblo nunca lo entenderían pero la muerte de su madre había supuesto una ruptura absoluta con su antiguo "yo". Con lo que siempre había sido, con lo que nunca había querido ser. Pasados los meses de velatorio y una vez habiendo dejado todos los cabos atados pensó que necesitaba dar un giro total, un giro completo, algo dentro de él se lo pedía.

Por una vez, hizo caso a sus instintos, y puso rumbo a una gran ciudad. Sabía que no sería fácil, sabía que podría perder la cabeza en el intento, pero dentro de su profunda tristeza vio la luz al pensar que era mejor fallar de por vida que vivir rodeado de melancolía, recuerdo y humedad.

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